Por qué viajaría con mi hija de un año a Haití

Por Mia Gutiérrez

Desde que, en medio de una crisis económica mundial, decidimos responder a lo que Dios nos estaba pidiendo en cuanto a nuestro trabajo y estilo de vida (dedicarnos a pleno tiempo al trabajo en GAiN y los proyectos de ayuda humanitaria), supe que renunciábamos a muchas cosas.

Una de ellas me causaba especialmente “pena” y a veces incluso culpa: “si algún día tenemos hijos/as, nuestra decisión les va a repercutir demasiado, van a tener que vivir un estilo de vida que no han podido decidir.”

En cierta manera, sabía que renunciábamos a los viajes de ensueño en familia, a la casa ideal soñada para que crecieran, al acceso a los colegios con las pedagogías más acorde a mi forma de entender la crianza y la educación (que desde aquí hago la denuncia de que no es normal que educar acorde a tus principios sea tan inaccesible para tantas familias) y a muchas cosas más.

Pero por otro lado, sabía que les podríamos dar la oportunidad de muchas cosas más que de otra forma se perderían.

Cuando en 2016 viajé a Haití para conocer el proyecto del Hogar Infantil, me imaginé volviendo en el futuro con una personita a mi lado que correría por esas calles, que aprendería de todos los niños y niñas del hogar, que jugaría, cantaría y saltaría compartiendo esos momentos con todas y todos.

Desde hace poco más de un año, Dios nos regaló a Meira, nuestra primera hija, y ya estoy experimentando esos miedos que tuve desde el principio, pero a la vez, también saboreo esas oportunidades que sé que de otra forma no podría tener.

Ya estoy soñando con el día que pueda viajar conmigo por primera vez a Haití y conocer a Crislenda, que le enseñe la voz tan bonita que tiene y esa luz en su sonrisa; a Djoudissen para que recorran juntos cada rincón del Hogar, y le enseñe las travesuras que sólo él es capaz de hacer; a Rebecca para que le diga todas las palabras que sabe en español y le haga trenzas en el pelo; a Johanson para que la mire con la ternura que solo él puede mirar y le enseñe que la valentía y la sensibilidad son compañeras inseparables.

Djoudissen y Chrislenda, dos de los niños del hogar infantil de GAiN en Haití.

Sueño con que pueda experimentar todo lo que yo experimenté, que pueda ver riqueza en medio de tanta pobreza y belleza en medio de tanta basura, como me pasó a mí. Sueño con que sea una mujer que aprenda a vivir teniendo mucho y teniendo nada, que sea capaz de valorar lo realmente importante en la vida y que pueda ser sensible a las necesidades de las personas en situaciones de extrema vulnerabilidad.

Y mientras sueño con todo esto, me doy cuenta de que los viajes de ensueño en familia se pueden realizar a un hogar infantil en una pequeña aldea de Leogane (Haití), que la casa ideal para crecer no es más que tener un lugar al que llamar hogar y unas personas a las que llamar familia y que las mejores pedagogías se aprenden en casa y a través de experiencias de este tipo, porque lugares como Haití tienen mucho que enseñarnos a todo el mundo.

Enseña al niño y a la niña a elegir el camino correcto, y cuando sea mayor no lo abandonará.

Proverbios 22:6

1 Respuesta

  1. Nacho

    Efectivamente, no creo que ningún niño eche luego en falta no haber tenido jardin, piscina y vacaciones espectaculares cada año… solo echarán en falta si tú no estabas… sea Haiti, España… la calle o la mansión… Un fuerte abrazo.

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